martes, octubre 16, 2012

LAS ROCAS DE BELOGRADCHIK

foto archivo vacacionesbulgaria.com

Cada roca tiene un nombre: Adán y Eva, La Colegiala, El Oso, El Pastor, El Camello, Las Setas, El Cuco, la Pared Roja, La Madonna, Los Monjes… y cada una explica su impresionante leyenda. Las montañas de  Belogradchik son un grupo de rocas situadas en el noroeste de Bulgaria, al oeste de las Montañas Balcánicas. Las rocas miden hasta 200 metros y van del rojo al gris o amarillo. Fueron declaradas Monumento Natural Nacional por el Gobierno de Bulgaria y son una famosa atracción turística entre los búlgaros y extranjeros. Estos 3 kms de extrañas rocas se crearon en el fondo del mar, hará unos 230 millones de años, y su forma bizarra fue consecuencia de una erosión de más de 45 millones de años. Los prehistóricos ya pensaron que las rocas Belogradchik eran una buena fortaleza y recientemente se han descubierto pinturas rupestres que datan de los años 10.000 a 600 A.C.

Sobre ellas han diluviado miles de leyendas extrañas, cual de ellas más impresionante, historias que se han ido transmitiendo oralmente de generación en generación y durante siglos hasta cubrir todo un tejido cultural repleto de indescriptible belleza. Por ejemplo, la leyenda de La Madonna cuenta que una bonita monja se enamoró de un hombre que montaba en un caballo blanco. Al quedarse embarazada fue expulsada del convento y perseguida por los monjes. De repente, el día se convirtió en noche, y La Madonna, los monjes y el hombre sobre el caballo blanco, se convirtieron en piedra. La leyenda de La Colegiala cuenta que una una chica muy bella se enamoró de un herrero, al saberlo el mezquino director fue a hablar con ella para expulsarla. Cuando el director la perseguía se encontró un oso y ¡magia! todos se convirtieron en piedra. Estas son algunas de las muchas leyendas medievales que nos cuentan las rocas Belogradchik. Si quieres descubrirlas todas, vete de viaje a Bulgaria, los búlgaros estarán encantados de explicártelas.

ELISENDA W.


Fotos: KarlFM

Las rocas de Belogradchik son un pétreo conjunto de rocas de millones de años. Si uno viaja por la porción noroccidental de Bulgaria en un momento determinado ante sus ojos aparecerá un cuadro digno de servir de decorado de una película holywoodiense de ciencia ficción. A unos 60 kilómetros al norte de Montana, cabecera de provincia, la carretera se adentra gradualmente en un fabuloso bosque pétreo integrado por formaciones rocosas gigantescas teñidas en rojo. Algunas de ellas se encuentran diseminadas por las pendientes del monte cubiertas de verdor, otras semejan figuras humanas o tienen los contornos de animales y plantas.

Este paisaje inusual para nuestras latitudes geográficas se puede ver a lo largo de una treintena de kilómetros, de ambos lados de la carretera que conduce al centro de la ciudad de Belogradchik. La villa, cuyas blancas casas de techos de tejas se encuentran diseminadas al pie de las moles de piedra, parece haberse fundido con la naturaleza circundante. Se supone que hace millones de años la zona de Belogradchik fue el fondo de un mar. Al transcurrir el tiempo, la naturaleza fue utilizando sus elementos, o sea el agua, el fuego y el viento, para esculpir unas hermosas formaciones rocosas. Las más impresionantes se encuentran al sur de Belogradchik. Allá cada roca ostenta su nombre y así tenemos La Madonna, Las Bodas Pétreas, Los Hongos, El Jinete, Los Monjes, Adán y Eva.

Las esculturas magistralmente cinceladas por los elementos tienen apariencias tan realistas y vivaces a tal extremo de que si uno se fija por unos minutos en ellas tendrá la sensación de que ellas se mueven y casi, casi se disponen a comenzar a hablar para contarnos sus historias, relacionadas , por lo general, con amores trágicos, muertes , actos heroicos. Estas rocas se han convertido en una parte del patrimonio cultural de nuestra villa. Aquí cualquier persona les contará las leyendas relacionadas con las pétreas figuras que se divisan desde cada calle y casa de Belogradchik, dice Liubomila Stanislavova, del Ayuntamiento de Belogradchik

En las afueras de la villa hay senderos ecológicos cuyo trayecto bordea algunas de las esculturas naturales más llamativas. Las rutas de estos senderos presentan diferente grado de dificultad, recorrerlas lleva unas 3 o 4 horas y en esas caminatas uno puede ver plantas raras, tanto decorativas como medicinales, señala Liubomila. No obstante, opina que el mayor atractivo en esa zona agraciada por la naturaleza lo tienen las propias rocas. Las rocas al pie de las cuales se abren hondos precipicios, conforman coronas de piedras de color rojizo y en sus entrañas hay profundas cuevas de hermosas estalactitas y estalagmitas. Representan una curiosidad también los pinos seculares que crecen en lo alto de las rocas. A pesar de ser viejos de más de 200 o 300 años son muy bajitos no habiendo podido crecer más por la falta de humedad y nutrientes. En la zona más alta de Belogradchik, entre los bloques de piedra coronados de verdor se yergue una fortaleza antigua que se ha mantenido inamovible ante los embates y de los elementos y del tiempo pasado.

Desde la fortaleza se puede divisar la porción occidental de la Cordillera de los Balcanes, la mirada llega hasta las pendientes de la montaña que descienden gradualmente hacia Serbia, vecino país del oeste. Desde esta fortaleza se abre también una vista panorámica hacia toda la villa, dice Liubomila. Se estima que fueron los primos tracios quienes sentaron los cimientos de esta fortificación. Aprovechando las dificultades para el acceso que implican las rocas los romanos erigieron en ese sitio una fortaleza propia. Más tarde la utilizaron los bizantinos y durante el dominio otomano, la fortaleza fue ampliada y en ella se alojaban unidades de las tropas turcas. Hay una curiosidad y es que ya en el siglo XIV la fortaleza fue usada como instalación turística por el zar búlgaro Iván Strazimir quien tenía en ella su residencia de verano donde descansaba junto con sus allegados. De modo que nuestra villa y las rocas que la circundan fueron reconocidas como curiosidades turísticas hace ya muchos siglos, dice Liubomila un tanto en broma. Cada año visitan Belogradchik,  unos 120 mil turistas nacionales y extranjeros.

Cuando uno visita Belogradchik,  lo primero de que llega a disfrutar es del aire y el agua cristalinos y del sosiego. La villa es pequeña y no hay en ella muchos autos así que no se producen atascos ni existe el bullicio característico de las grandes aglomeraciones urbanas. Las instalaciones para el alojamiento de visitantes y turistas aumentan cada vez más y la gente de la villa ya está convencida de que el turismo es capaz de imponerse como forma de sustento rentable, relacionada con el desarrollo de Belogradchik,. Las casas acondicionadas hasta ahora para coger a turistas suman más de una veintena y se elevan a más de un centenar las camas en ellas. En lo bajos de cada una de esas casas hay una tienda o una taberna y se dispone de conexión a Internet.

Texto de Veneta Nikolova
Versión en español de Mijail Mijailov

LEYENDAS SOBRE LAS MONTAÑAS BÚLGARAS



Habitadas por deidades y fuerzas temerarias, las montañas son objeto de adoración en la tradición búlgara. En los mitos, cuentos y leyendas tradicionales de ellas están representadas como seres vivos, a veces como dioses, pero siempre con destino propio. Cada una de las montañas búlgaras tiene su imagen y carácter. Los Ródopes acarician los ojos con sus contornos suaves, el monte Pirin es bello, pero frío. Rila es majestuosa. La Cordillera de los Balcanes, que atraviesa todo el territorio de Bulgaria, ha jugado el papel de protectora de nuestros territorios en las lejanas épocas de batallas de liberación.

Perún, el principal dios de los eslavos, vivía en las montañas junto con su hermana, Perunica, que por su belleza brillaba más fuerte que el sol. Como a menudo pasa en los cuentos tradicionales, aparte de hermosa ella era también muy hábil y trabajadora. Tejía durante todo el invierno y en primavera se iba al lago para blanquear la tela. Trabajaba los días enteros y tendía las telas en la cumbre cercana. Siendo muy joven Perunica se enfermó y murió. En su tumba creció una flor de color lila azuláceo que la gente denominó “perunica”  (en español, “iris”). La cumbre donde tendía los lienzos blancos incluso hasta hoy en día se llama Jardín de la Moza.

Con el dios Perún está relacionado el nombre del monte Pirin, que la gente local llama también Perin. Incluso hasta hoy en día sobre la vida del dios eslavo se cuentan muchas leyendas que explican nombres de localidades, lagos y cumbres. Según una de las leyendas, cuando el cristianismo fue adoptado en las tierras búlgaras, Perún se fue a vivir lejos en lo alto de las montañas. Un sacerdote de las aldeas situadas a pie del monte decidió ir y ofrecerle regalos como muestra de respeto y deseo de relaciones de entendimiento. Anduvo mucho, se cansó por el camino y decidió sentarse al lado del lago, en el cual Perunika, la hermana de Perún, blanqueaba los lienzos. Perún estaba sentado en lo alto y no lo vio. Sin querer arrojó una piedra que alcanzó al sacerdote y éste cayó en el lago que desde entonces se llama el Lago del Sacerdote.

Algunas de las leyendas sobre las montañas narran sobre el pasado aún más lejano cuando por las tierras búlgaras vivían las tribus tracias. Una leyenda cuenta cómo aparecieron la Cordillera Balcánica y los Ródopes. Antaño estas dos montañas eran hermano y hermana, hijos del dios de los mares. El chico se llamaba Hem (de Hemus, el nombre tracio de la Cordillera Balcánica) y la chica se llamaba Rodopa. Un día sus juegos alegres enfadaron al dios supremo y él convirtió a Rodopa en un monte. Al ver que su hermana se había convertido en roca, Hem se petrificó del miedo que sentía. En otra leyenda Rodopa es una joven bella que tenía una voz encantadora. Todos los que la veían y oían hablar quedaban hechizados. Se enamoró Rodopa de un joven común y corriente y su elección enfadó a los dioses y la convirtieron en una montaña.

Entre los tesoros del folclore búlgaro hay un sinfín de leyendas basadas en sucesos reales. Una de ellas es la leyenda de Todorini Kukli (en español, Muñecas de Todora), una agrupación de cuatro cimas rocosas en la Cordillera Balcánica. En Spanchevtsi, una de las aldeas de la región, vivía una bella moza que se llamaba Todora. Era otoño, la época de reuniones y tertulias aldeanas al aire libre. Reunió Todora a sus amigas. Encendieron fuego en el patio, empezaron a hilar y a cantar y bailar. Vinieron también los mozos del pueblo y propusieron una apuesta: la joven que acababa primera su trabajo se casaría con el joven más bello. Todora dijo: “No el más bello, sino el más valiente. El que logre subir la cumbre de la montaña, será el más valiente de todos.” Los mozos se callaron ya que era de noche y es sabido que de noche en el monte hay náyades y otros seres temerarios. No todos volvían vivos de ahí. Todora continuaba hilando y no decía ni una palabra. Al final, cuando terminó primera decidió dirigirse a la cumbre sola. Consiguió alcanzar la cumbre de la montaña pero su delantal se había enganchado en un arbusto, Todora se resbalo por el pedregal y se cayó en el precipicio. Desde entonces los riscos se llaman las Muñecas de Todora.

En otros pueblos cuentan otra historia de la que también dicen que es verídica. Se trata de una moza que también se llamaba Todora y cantaba muy bien. Le pedían la mano jóvenes de todos lados pero ella eligió a Iván. Iván era pastor y durante meses enteros se quedaba en la montaña. Desde ahí tocaba con su flauta pastoril para que le oyese Todora quien le respondía con canciones. Pero los padres de Todora arreglaron su casamiento con un hombre rico e importante. Todora decidió escapar y así lo hizo. Se dirigió a la montaña en busca de su amado. En lo alto de la montaña encontró su casa en la que él vivía con su esposa e hijos. La joven se quedó pasmada y se alejó llorando. Llevaba consigo regalos para su boda con Iván, elaborados con mucho amor, que colgó en los árboles cercanos diciéndoles que eran invitados de boda, y ella misma se entregó a la montaña arrojándose de una roca. Ahí donde caían sus lágrimas aparecieron fuentes curativas y los árboles en los que había dejado los regalos se petrificaron y la gente los llamó Muñecas de Todora.

Autor: Albena Bézovska
Versión en español por Ruslana Váltcheva